Heridas

Creo que todxs tenemos a niñxs heridxs en nuestro interior.
Quizá por no habernos sentido aceptadxs. O porque nos utilizaron. O porque nos maltrataron. O porque sufrimos bullying. O porque perdimos a nuestra madre o padre. O por cientos de porqués, todos ellos diferentes, pero con un punto en común: causaron mucho dolor.

Cada unx sabe cuánto dolor se esconde tras esa cicatriz. Las hay que solamente duelen cuando cambia el tiempo. Hay otras que al mínimo roce nos despiertan tristeza, rabia… Y hay otras que, día tras día, palpitan sutil y constantemente bajo la piel.

Dicen que el tiempo todo lo cura. Pero no es del todo cierto. Podemos sufrir ese dolor desde la inconsciencia de no hacerle frente. O vivirlo desde la consciencia, que significa tener el valor para permitir expresarse a nuestrx niñx. Cuando transformamos esa cicatriz en la grieta a través de la cual hablar con esx niñx que sufría -y que sigue allí, intactx con su dolor- es cuando estamos preparados para disminuir el dolor de la herida.

Y para eso está la terapia.

La imagen es la de nuestro yo adulto agarrado de la mano de nuestrx niñx pequeñx. Ahora nosotrxs estamos aquí para brindarle aquello que no pudo tener. Sanar esa emoción diciéndole: tranquilx, no estás solx. Dame la mano y camina a mi lado, yo me encargo de todo. Ahora sé qué es lo que necesitas y quiero dártelo. Puedo dártelo.

Agarrarme de la mano es un acto de puro empoderamiento. Un acto de amor elevado al cuadrado porque es por mí y para mí. Cuanto más cicatrizada esté mi herida, mejor podré gestionarla. Y tendré energía para observar la tuya, la suya, las vuestras. Y no me perderé en ellas.

Mi dolor se transforma en la medida en que lo acoja y pueda avanzar de la mano con mi «pequeño yo» herido. Y es en ese camino, y gracias a esa mano, que esa parte de mí mismx recupera su confianza y su autoestima.

Al final es un acto de amor entre dos personas.
Dos personas que conviven en mi interior.

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