El nombre de las cosas

El nombre de las cosas.
Nombrar es poner una etiqueta a algo que existe.
Pero nombrar también es hacer que algo exista antes de conocerlo.


Hay muchísimas más cosas nombradas que no conocemos ni conoceremos que las que llegaremos a experimentar o a vivir. Pero ese grueso de conceptos y términos que nunca sentiremos en primera persona los conocemos a través de las palabras. Y es una manera de hacerles un espacio en nuestro universo de realidades.


Nombrar nunca es algo neutro. Cuando nombramos estamos otorgando a esa realidad una serie de cualidades relacionadas con los valores del idioma que la nombra. Pero la más importante de todas es la cualidad de existir. Y es cuando una palabra existe que podemos -o no- reconocernos en ella. Y hay personas que necesitamos ese reconocimiento. Que necesitamos identificarnos con una serie de letras dispuestas en un determinado orden porque nos da seguridad sobre lo que somos, sobre lo que sentimos. Porque lo que somos y sentimos no encaja con lo que nos han dicho que debemos ser y sentir.


Reivindicar un concepto como expresión de una forma de ser y de sentir es un derecho que debe estar al alcance de todes. Lo contrario -que nos etiqueten con un término- es juzgarnos. Y en ámbitos como la identidad de género, las orientaciones sexuales y las sexualidades etiquetar y diagnosticar ha sido la forma de juzgarnos.


Términos que definían realidades fuera de la norma. Anormalidades.


Pues bien, ahora toca que nosotres mismes llenemos de términos nuestras realidades. Que sobrepasemos los manuales de psiquiatría para demostrarnos que nosotres también sabemos quienes somos. Bienvenides a la diversidad de conceptos: una vez que algo es nombrado es mucho más difícil silenciarlo o invisibilizarlo.


Nombremos, pues. Que el riesgo de ser excesives no nos aparte del camino de acabar siendo libres de la tiranía de quienes etiquetan y diagnostican.


Si alguien me define, ¡que sea yo misme!

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